La IlÃada
La IlÃada 104 —Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado por vehemente pesar. Lo sé. Pero, aun asà y todo, voy a decirte por qué te he llamado. Hace nueve dÃas que se suscitó entre los inmortales una contienda acerca del cadáver de Héctor, y de Aquiles, asolador de ciudades, e instigaban al vigilante Argicida a que hurtase el muerto, pero yo prefiero dar a Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar asà tu respeto y amistad. Ve enseguida al ejército y amonesta a tu hijo. Dile que los dioses están muy irritados contra él y yo más indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureciéndose retiene a Héctor en las corvas naves y no permite que lo rediman; por si, temiéndome, consiente que el cadáver sea rescatado. Y enviaré la diosa Iris al magnánimo PrÃamo para que vaya a las naves de los aqueos y redima a su hijo, llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo.
120 Asà se expresó; y Tetis, la diosa de argénteos pies no fue desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, llegó a la tienda de su hijo: éste gemÃa sin cesar, y sus compañeros se ocupaban diligentemente en preparar la comida, habiendo inmolado dentro de la tienda una grande y lanuda oveja. La veneranda madre se sentó muy cerca del héroe, le acarició con la mano y hablóle en estos términos.