La IlÃada
La IlÃada 201 —¡Ay de mÃ! ¿Qué es de la prudencia que antes te hizo célebre entre los extranjeros y entre aquéllos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres ir solo a las naves de los aqueos y presentarte ante los ojos del hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Si ese guerrero cruel y pérfido llega a verte con sus propios ojos y te coge, ni se apiadará de ti, ni te respetará en lo más mÃnimo. Lloremos a Héctor desde lejos, sentados en el palacio; ya que, cuando le di a luz, el hado poderoso hiló de esta suerte el estambre de su vida: que habrÃa de saciar con su carne a los veloces perros, lejos de sus padres y junto al hombre violento cuyo hÃgado ojalá pudiera yo comer hincándole los dientes. Entonces quedarÃan vengados los insultos que ha hecho a mi hijo; que éste, cuando aquél lo mató, no se portaba cobardemente, sino que a pie firme defendÃa a los troyanos y a las troyanas de profundo seno, no pensando ni en huir ni en evitar el combate.
217 Contestó el anciano PrÃamo, semejante a un dios: