La IlÃada
La IlÃada 218 —No te opongas a mi resolución, ni me seas ave de mal agüero en el palacio. No me persuadirás. Si me diese la orden uno de los que viven en la tierra, aunque fuera adivino, arúspice o sacerdote, la creerÃamos falsa y desconfiarÃamos aún más; pero ahora, como yo mismo he oÃdo a la diosa y la he visto delante de mÃ, iré y no serán ineficaces sus palabras. Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos, de broncÃneas corazas, lo acepto: máteme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle.
228 Dijo, y, levantando las hermosas tapas de las arcas, cogió doce magnÃficos peplos, doce mantos sencillos, doce tapetes, doce palios blancos, y otras tantas túnicas. Pesó luego diez talentos de oro. Y, por fin, sacó dos trÃpodes relucientes, cuatro calderas y una magnÃfica copa que los tracios le dieron cuando fue, como embajador, a su paÃs, y era un soberbio regalo; pues el anciano no quiso dejarla en el palacio a causa del vehemente deseo que tenÃa de rescatar a su hijo. Y volviendo al pórtico, echó afuera a los troyanos, increpándolos con injuriosas palabras: