La IlÃada
La IlÃada 362 —¿Adónde, padre mÃo, diriges estos caballos y mulas durante la noche divina, mientras duermen los demás mortales? ¿No temes a los aqueos, que respiran valor, los cuales te son malévolos y enemigos y se hallan cerca de nosotros? Si alguno de ellos te viera conducir tantas riquezas en esta obscura y rápida noche, ¿qué resolución tomarÃas? Tú no eres joven, éste que te acompaña es también anciano, y no podrÃais rechazar a quien os ultrajara. Pero yo no te causaré ningún daño y, además, te defenderÃa de cualquier hombre, porque te encuentro semejante a mi querido padre.
372 Respondióle el anciano PrÃamo, semejante a un dios:
373 —Asà es, como dices, hijo querido. Pero alguna deidad extiende la mano sobre mÃ, cuando me hace salir al encuentro un caminante de tan favorable augurio como tú, que tienes cuerpo y aspecto dignos de admiración y espÃritu prudente, y naciste de padres felices.
378 DÃjole a su vez el mensajero Argicida:
379 —SÃ, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero, ea, habla y dime con sinceridad: ¿mandas a gente extraña tantas y tan preciosas riquezas a fin de ponerlas en cobro; o ya todos abandonáis, amedrentados, la sagrada Ilio, por haber muerto el varón más fuerte, tu hijo, que a ninguno de los aqueos cedÃa en el combate?