La IlÃada
La IlÃada 172 —Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando, a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió asÃ, y ahora me consumo llorando. Voy a responder a tu pregunta: Ése es el poderosÃsimo Agamenón Atrida, buen rey y esforzado combatiente, que fue cuñado de esta desvergonzada, si todo no ha sido sueño.
181 Asà dijo. El anciano contemplólo con admiración y exclamó:
182 —¡Atrida feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que lo obedecen. En otro tiempo fui a la Frigia, en viñas abundosa, y vi a muchos de sus naturales —los pueblos de Otreo y de Migdón, igual a un dios— que con los ágiles corceles acampaban a orillas del Sangario. Entre ellos me hallaba, a fuer de aliado, el dÃa en que llegaron las varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.
191 Fijando la vista en Ulises, el anciano volvió a preguntar:
192 —Ea, dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que Agamenón Atrida, pero más ancho de espaldas y de pecho. Ha dejado en el fértil suelo las armas y recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño de cándidas ovejas.
199 Al momento le respondió Helena, hija de Zeus: