La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida La masacre llegó a su clímax cuando Atenea desplegó su Égida letal desde lo alto del techo. El terror sobrenatural destrozó la mente de los invasores. Corrieron por la sala como un rebaño de vacas enloquecidas por los tábanos, mientras Odiseo y sus aliados caían sobre ellos como buitres de corvos picos que descienden de la montaña para destrozar a las aves menores. Los cráneos se partían con ruidos secos, los gemidos llenaban el aire viciado, y el suelo se convirtió en una pista resbaladiza de sangre y sesos.
Leodes, el adivino, corrió desesperado hacia Odiseo, abrazándose a sus rodillas y suplicando clemencia, jurando que él había intentado detener las violencias. Odiseo lo miró con hielo en los ojos. —Si eras su adivino, rezaste incontables veces para que yo no volviera y para robarte a mi esposa. No escaparás de la muerte. Agarrando la espada que Agelao había dejado caer al morir, Odiseo asestó un tajo brutal en el cuello de Leodes. La cabeza del adivino rodó por el polvo antes de que pudiera terminar de hablar. Solo el aedo Femio y el heraldo Medonte, quienes habían servido a los pretendientes contra su voluntad, lograron salvarse. Telémaco intercedió por ellos, y Odiseo, cubierto de sangre, les perdonó la vida, enviándolos al patio para que comprendieran que la piedad también existía en medio del horror.