La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida El silencio que siguió fue sepulcral. Odiseo recorrió el salón con la mirada. No quedaba nadie en pie. Los jóvenes de Ítaca y las islas vecinas yacían amontonados como peces sacados del mar que se ahogan en la arena bajo el sol ardiente. El rey mandó llamar a Euriclea. Cuando la anciana abrió las puertas y vio a su amo empapado en sangre, rodeado de montañas de cadáveres, abrió la boca para lanzar un grito de júbilo triunfal. Odiseo la atajó de inmediato. —Regocíjate en tu corazón, anciana, pero guarda silencio. Es impío celebrar la muerte de estos hombres. Su propia maldad y el destino tejido por los dioses los han destruido. Dime ahora, ¿cuáles de mis siervas deshonraron esta casa?
De las cincuenta criadas, Euriclea señaló a doce que se habían entregado a la lujuria con los pretendientes y al desacato. Odiseo las mandó llamar. Temblorosas y ahogadas en llanto, las doce mujeres fueron obligadas a arrastrar los cadáveres de sus amantes hasta el pórtico del patio. Luego, con el terror tatuado en sus rostros, tuvieron que fregar los pisos, limpiar las mesas con agua y raspar la sangre coagulada del suelo. Cuando la sala estuvo purificada, Telémaco las sacó al patio angosto. Atando un pesado cable de barco a una columna y tensándolo sobre la estructura circular, las ahorcó a todas juntas. Sus pies se agitaron en el aire, como pájaros atrapados en una trampa de matorral, pero su agonía duró poco.