La Odisea - versión resumida

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Al oír mencionar a su padre, Telémaco no pudo contener la emoción. Una lágrima resbaló por su mejilla y se cubrió el rostro con su manto púrpura. En ese instante de tensión, las puertas se abrieron y apareció Helena. Radiante, casi irreal, entró acompañada de sus esclavas, quienes cargaban su huso de oro y un canastillo de plata. La mujer por la que mil barcos habían ardido fijó sus ojos en los forasteros e inmediatamente reconoció los rasgos de Odiseo en el rostro del joven visitante. La revelación rompió el hielo, pero también abrió las compuertas de la melancolía. Menelao, Pisístrato y Telémaco rompieron a llorar, abrumados por la memoria de los caídos. Fue Helena quien intervino, deslizando discretamente en el vino una potente droga traída de Egipto, un narcótico capaz de borrar el dolor y la ira. Bajo su efecto calmante, la noche se llenó de historias. Helena relató cómo Odiseo se infiltró en Troya disfrazado de mendigo cubierto de latigazos, y Menelao recordó la claustrofobia y el terror dentro del caballo de madera, donde la astucia de Odiseo salvó a los griegos de una trampa mortal tendida por la propia Helena.






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