La Odisea - versión resumida

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Al amanecer del tercer día, escuchó el bramido del mar estrellándose contra acantilados afilados. La costa de los feacios era una muralla de roca implacable. Una ola lo arrojó contra la piedra, y habría muerto destrozado si Atenea no le hubiera infundido el instinto de aferrarse a la roca. Como un pulpo arrancado de su guarida, que deja pedazos de sus tentáculos pegados a la piedra, Odiseo se desgarró la piel de las manos antes de que la resaca lo arrastrara mar adentro. Nadando en paralelo a la costa, encontró la desembocadura de un río. Desesperado, le rogó al espíritu del río que lo apiadara. El agua detuvo su corriente, permitiéndole arrastrarse hasta la orilla. Exhausto, sin aliento, hinchado y escupiendo agua de mar, Odiseo besó la tierra. Lanzó el velo de Ino de vuelta al mar, buscó refugio bajo dos arbustos entrelazados de olivo y acebuche, se cubrió con hojas secas y, finalmente, Atenea cerró sus ojos en un sueño profundo.

A la mañana siguiente, Atenea intervino de nuevo. Se deslizó en los sueños de Nausícaa, la hermosa hija del rey feacio Alcínoo, tomando la forma de la hija del marino Diamante. Le recriminó su pereza y le sugirió que fuera al río a lavar sus ropas, insinuando que su boda estaba cerca y debía tener todo impecable.



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