La Odisea - Versión Resumida

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Tras su súplica, Odiseo se retiró y, en un gesto de máxima humildad, se sentó en las cenizas del hogar. La tensión llenó la sala hasta que el anciano Equeneo, el de mayor edad y sabiduría entre los feacios, rompió el silencio. Le recriminó al rey Alcínoo que permitiera que un huésped permaneciera en el suelo. Alcínoo, reaccionando con nobleza, tomó a Odiseo de la mano, lo levantó de las cenizas y lo hizo sentar en la silla de plata de su propio hijo, Laodamante. Le ofrecieron agua en jarras de oro, vino y un banquete. El rey prometió que al día siguiente prepararían su viaje de regreso a casa.

Esa noche, cuando los invitados se retiraron y Odiseo quedó a solas con los reyes, Arete lo miró con afilada inteligencia. Había reconocido de inmediato la tela del manto y la túnica que el extranjero llevaba puestos; ella misma los había tejido.

—Forastero —preguntó la reina, con tono firme—, ¿quién eres y quién te dio esos vestidos? ¿No dices que llegaste vagando por el mar?





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