La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida La mañana de nuestra partida estuvo marcada por una tragedia absurda. Elpénor, el más joven y menos valiente de mis hombres, había dormido en el techo del palacio tras beber demasiado. Al escuchar el ajetreo, se levantó de golpe, olvidó usar la escalera y cayó al vacío, rompiéndose el cuello. Dejamos su cuerpo atrás, apremiados por la orden de zarpar hacia la tierra de los muertos.
Navegamos empujados por un viento antinatural hasta llegar a las brumas perpetuas de los cimerios, donde el sol jamás penetra. En la confluencia de los ríos infernales, cavé una fosa con mi espada y vertí libaciones de aguamiel, vino, agua y harina blanca. Luego, degollé un carnero y una oveja negra. La sangre oscura brotó, y de inmediato, el abismo del Érebo vomitó una marea de sombras: novias jóvenes, ancianos amargados, guerreros con armaduras ensangrentadas. El terror me paralizó, pero me senté firme junto a la fosa, con la espada desenvainada, impidiendo que los fantasmas bebieran la sangre antes de hablar con Tiresias.