La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida Rotos y exhaustos, divisamos finalmente Trinacia, la isla sagrada del dios Sol, Helios. Recordando las severas advertencias de Tiresias y Circe, rogué a mis hombres que pasáramos de largo. Pero Euríloco, erigiéndose como portavoz del agotamiento, se amotinó. Argumentó que los hombres estaban al borde del colapso y necesitaban tierra firme para pasar la noche. Acorralado, les hice jurar solemnemente que no tocarían las hermosas vacas ni las ovejas que pastaban en la isla, alimentándose únicamente de las provisiones de Circe.
El destino, sin embargo, nos tendió una trampa. Durante un mes entero, los vientos del sur soplaron sin piedad, impidiéndonos zarpar. Las provisiones se agotaron. Mis hombres empezaron a cazar aves y pescar, consumidos por el hambre. Un día, me adentré en la isla para suplicar ayuda a los dioses, pero estos me respondieron sumiéndome en un sueño profundo y traicionero. En mi ausencia, Euríloco convenció a la tripulación de que morir de hambre era el destino más patético para un guerrero. Decidieron sacrificar las vacas del Sol, prometiendo construirle un gran templo en Ítaca para aplacar su ira.