La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida Pero el alivio fue efímero. Pronto escuchamos un estruendo ensordecedor y vimos una bruma de espuma levantándose frente a nosotros. Habíamos llegado al estrecho fatal. A un lado, la divina Caribdis, un remolino monstruoso que tragaba el océano para luego vomitarlo hirviendo como una caldera gigante. Al otro, un acantilado pulido e inalcanzable, oculto en nubes perpetuas, hogar de Escila. Para evitar el pánico y el motín, decidí ocultar a mis hombres la existencia de Escila; si sabían que la muerte de algunos era inevitable, soltarían los remos y nos condenarían a todos en las fauces de Caribdis. Olvidando la advertencia de Circe de no armarme, me coloqué la coraza y tomé dos lanzas, escudriñando la niebla del acantilado.
Mientras nuestros ojos estaban fijos en el terror del remolino de Caribdis, el verdadero horror atacó desde arriba. Escila lanzó sus seis largos cuellos desde la cueva. Antes de que pudiera reaccionar, seis de mis mejores hombres fueron arrancados de la cubierta. Cuando levanté la vista, solo vi sus piernas y brazos pataleando en el aire. Sus gritos, llamándome por mi nombre por última vez en una agonía desesperada, se clavaron en mi alma. Los devoró en la entrada de su cueva mientras ellos me tendían los brazos. De todas las atrocidades que presencié en el mar, ninguna me destrozó tanto como mi propia impotencia en aquel instante.