La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida Al amanecer, zarpamos empujados por un viento favorable que la propia hechicera nos envió. Sin embargo, pronto el viento murió por completo. El mar se alisó como un espejo bajo una calma antinatural. Habíamos llegado a los dominios de las sirenas. Siguiendo las instrucciones de Circe, tomé un gran bloque de cera, lo ablandé con el calor del sol y tapé herméticamente los oídos de todos mis hombres. Luego, les ordené que me ataran de pies y manos al mástil de la nave. Las instrucciones eran claras: pasara lo que pasara, no debían liberarme.
Cuando la nave se deslizó a la distancia de un grito, la canción comenzó. No era un aullido monstruoso, sino una melodía de una belleza desgarradora, una red de voces que no prometían placeres físicos, sino algo mucho más peligroso: la omnisciencia. Cantaban sobre las glorias de Troya, sobre mis propios sufrimientos, prometiendo que quien las escuchara se marcharía sabiendo todo lo que ocurre en la faz de la tierra. La tentación fue absoluta. El deseo de romper mis ataduras y nadar hacia ellas casi me arranca la cordura. Grité, forcejeé contra las cuerdas, ordené a mis hombres con gestos desesperados que me soltaran, pero Euríloco y Perimedes, sordos a la magia y a mis ruegos, se levantaron solo para atarme con más fuerza. Solo cuando la isla quedó muy atrás y la música se desvaneció, me quitaron los lazos y la cera.