La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida Con un toque de su varita dorada, la diosa obró el milagro inverso a la gloria. Sentí cómo la piel de mis brazos y rostro se arrugaba, secándose como cuero viejo. Mis cabellos perdieron su color y cayeron. El brillo de mis ojos se apagó, volviéndose opaco y enfermo. Mis ropas regias se convirtieron en harapos mugrientos, chamuscados y pestilentes, cubiertos apenas por la raída piel de un ciervo viejo. En mi mano apareció un bastón gastado y al hombro un zurrón agujereado. Atenea me había convertido en la miseria encarnada, un mendigo despreciable a los ojos de cualquier hombre. Su orden final fue clara: antes de ir al palacio, debía buscar al leal Eumeo, el porquerizo, el único hombre en Ítaca que aún guardaba mis cerdos y mi memoria con devoción absoluta.
Ajenos a las intrigas de los dioses y a las emboscadas que se tejían en el mar, los pasos de Odiseo lo llevaron por un sendero escarpado y boscoso, lejos de la costa, hacia el interior de Ítaca. Su destino era la majada de Eumeo, el mayoral de los porquerizos, el único siervo que, según Atenea, mantenía intacta la lealtad hacia su rey ausente.
