La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida Cuando Odiseo llegó a lo alto de la colina, se encontró con una estructura impresionante. Durante los veinte años de ausencia de su amo, Eumeo no se había rendido a la desidia. Sin ayuda de Penélope ni del anciano Laertes, el porquerizo había levantado un enorme recinto amurallado con piedras de acarreo, coronado por un denso seto de espinos y estacas de encina negra. En su interior, doce pocilgas albergaban a seiscientas cerdas reproductoras, mientras que los machos, drásticamente mermados por el apetito insaciable de los pretendientes, dormían al raso. Apenas eran trescientos sesenta. Custodiando este tesoro, cuatro perros feroces, casi lobos, merodeaban con las fauces listas.
Apenas Odiseo, bajo su aspecto de mendigo andrajoso, pisó el claro, los mastines se abalanzaron sobre él con ladridos rabiosos. El rey, con la astucia nacida de mil batallas, soltó su bastón y se dejó caer al suelo para protegerse, pero aun así habría sido despedazado en su propia tierra si Eumeo no hubiera salido corriendo de la cabaña. El pastor dejó caer el cuero de buey con el que se estaba fabricando unas sandalias, dispersó a pedradas a las bestias y levantó al anciano.