La Odisea - versión resumida

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Mientras el falso mendigo dormía en la majada, Atenea volaba hacia la vasta y brillante Lacedemonia. En el palacio de Menelao, Telémaco yacía despierto, atormentado por la incertidumbre. La diosa apareció junto a su lecho y le urgió a regresar. Le advirtió crudamente de la emboscada que los pretendientes le habían tendido en el estrecho rocoso de Asteris, y le instruyó sobre cómo evadirla navegando de noche. Su orden final fue clara: al llegar a Ítaca, debía enviar el barco a la ciudad, pero él tenía que dirigirse directamente a la cabaña del porquerizo Eumeo.

Al despuntar el alba, Telémaco despertó a Pisístrato. Menelao, fiel a las leyes de la hospitalidad, no intentó retenerlo por la fuerza, pero lo colmó de riquezas: una majestuosa crátera de plata con bordes de oro forjada por Hefesto. Helena, con una dulzura maternal, se acercó al joven príncipe y le entregó un velo resplandeciente, tejido por sus propias manos, para que su futura esposa lo luciera el día de su boda. En el momento de la despedida, un águila cruzó el cielo llevando entre sus garras a un ganso blanco arrebatado del corral. Helena, con los ojos brillando de inspiración divina, interpretó el presagio: al igual que el águila bajaba de las montañas para arrancar a la presa de la casa, Odiseo caería sobre los pretendientes en su propio palacio.


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