La Odisea
La Odisea 239 —Oid, esclavas de nÃveos brazos, lo que os voy a decir: no sin la voluntad de los dioses que habitan en el Olimpo, viene ese hombre a los deiformes feacios. Al principio se me ofreció como un fulano despreciable, pero ahora se asemeja a los dioses que poseen el anchuroso cielo. ¡Ojalá a tal varón pudiera llamársele marido, viviendo acá: ojalá le pluguiere quedarse con nosotros! Mas, oh esclavas, dadle de comer y de beber al forastero.
247 Asà dijo. Ellas la escucharon y obedecieron llevándole alimentos y bebida. Y el paciente divinal Odiseo bebió y comió ávidamente, pues hacÃa mucho tiempo que estaba en ayunas.
251 Entonces NausÃcaa, la de los nÃveos brazos, ordenó otras cosas: puso en el hermoso carro la ropa bien doblada, unció las mulas de fuertes cascos, montó ella misma y, llamando a Odiseo, exhortóle de semejante modo: