La Odisea
La Odisea 461 —Salve, huésped, para que en alguna ocasión, cuando estés de vuelta en tu patria, te acuerdes de mi; que me debes antes que a nadie el rescate de tu vida.
463 Respondióle el ingenioso Odiseo: —¡NausÃcaa, hija del magnánimo AlcÃnoo! Concédame Zeus, el tonante esposo de Hera, que llegue a mi casa y vea el dÃa de mi regreso; que allà te invocaré todos los dÃas, como a una diosa, porque fuiste tú, oh doncella, quien me salvó la vida.
469 Dijo, y fue a sentarse junto al rey AlcÃnoo, cuando ya se distribuÃan las porciones y se mezclaba el vino. Presentóse el heraldo con el amable aedo Demódoco, tan honrado por la gente, y le hizo sentar en medio de los convidados, arrimándolo a excelsa columna. Y entonces el ingenioso Odiseo, cortando una tajada del espinazo de un puerco de blancos dientes, del cual quedaba aún la mayor parte y estaba cubierto de abundante grasa, habló al heraldo de esta manera:
477 —¡Heraldo! Toma, llévale esta carne a Demódoco para que coma y asà le obsequiaré, aunque estoy afligido; que a los aedos por doquier les tributan honor y reverencia los hombres terrestres, porque la Musa les ha enseñado el canto y los ama a todos.