La Odisea
La Odisea 13 Llegamos, pues, a su ciudad y a sus magnÃficas viviendas, y Eolo tratóme como a un amigo por espacio de un mes y me hizo preguntas sobre muchas cosas —sobre Ilión, sobre las naves de los argivos, sobre la vuelta de los aqueos— de todo lo cual le informé debidamente. Cuando quise partir y le rogué que me despidiera, no se negó y preparó mi viaje. Dióme entonces, encerrados en un cuero de un buey de nueve años que antes habÃa desollado, los soplos de los mugidores vientos, pues el Cronida habÃale hecho árbitro de ellos, con facultad de aquietar o de excitar al que quisiera. Y ató dicho pellejo en la cóncava nave con un reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni el menor soplo; enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras naves y a nosotros en ellas. Mas, en vez de suceder asÃ, habÃa de perdernos nuestra propia imprudencia.
28 Navegamos seguidamente por espacio de nueve dÃas con sus noches. Y en el décimo se nos mostró la tierra patria, donde vimos a los que encendÃan fuego cerca del mar. Entonces me sentà fatigado y me rindió el dulce sueño; pues habÃa gobernado continuamente el timón de la nave que no quise confiar a ninguno de los amigos para que llegáramos más pronto. Los compañeros hablaban los unos con los otros de lo que yo llevaba a mi palacio, figurándose que era oro y plata, recibidos como dádiva del magnánimo Eolo Hipótada. Y alguno de ellos dijo de esta suerte al que tenÃa más cercano: