La Odisea

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87 Apenas arribamos al magnífico puerto, el cual estaba rodeado de ambas partes por escarpadas rocas y tenía en sus extremos riberas prominentes y opuestas que dejaban un estrecho paso, todos llevaron a éste las corvas naves, y las amarraron en el cóncavo puerto, muy juntas, porque allí no se levantan olas grandes ni pequeñas y una plácida calma reina en derredor; mas yo dejé mi negra embarcación fuera del puerto, cabe a uno de sus extremos, e hice atar las amarras a un peñasco. Subí luego a una áspera atalaya y desde ella no columbré labores de bueyes ni de hombres, sino tan solo humo que se alzaba de la tierra. Quise enviar algunos compañeros para que averiguaran cuáles hombres comían el pan en aquella comarca; y designé a dos, haciéndoles acompañar por un tercero, que fue un heraldo. Fuéronse y siguiendo un camino llano por donde las carretas arrastraban la leña de los altos montes a la ciudad, poco antes de llegar a la población encontraron una doncella, la eximia hija del lestrigón Antífates, que bajaba a la fuente Artacia, de hermosa corriente, pues allá iban a proveerse de agua los ciudadanos. Detuviéronse y hablaron a la joven, preguntándole quién era el rey y sobre quiénes reinaba; y ella les mostró en seguida la elevada casa de su padre. Llegáronse entonces a la magnífica morada, hallaron dentro a la esposa, que era alta como la cumbre de un monte, y cobráronle no poco miedo. La mujer llamó del ágora a su marido, el preclaro Antífates, y éste maquinó contra mis compañeros cruda muerte: agarrando prestamente a uno, aparejóse con su cuerpo la cena, mientras los otros dos volvían a los barcos en precipitada fuga. Antífates gritó por la ciudad y, al oírle acudieron de todos lados innumerables forzudos lestrigones, que no parecían hombres, sino gigantes, y desde las peñas tiraron pedruscos muy pesados; pronto se alzó en las naves un deplorable estruendo causado a la vez por los gritos de los que morían y por la rotura de los barcos: y los lestrigones, atravesando a los hombres como si fueran peces, se los llevaban para celebrar nefando festín. Mientras así los mataban en el hondísimo puerto, saqué la aguda espada que llevaba junto al muslo y corté las amarras de mi bajel de azulada proa. Acto continuo exhorté a mis amigos, mandándoles que batieran los remos para librarnos de aquel peligro; y todos azotaron el mar por el temor de la muerte. Con satisfacción huimos en mi nave desde las rocas prominentes al ponto mas las restantes se perdieron en aquel sitio todas juntas.


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