La Odisea
La Odisea 60 —¡LaertÃada, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! Dañáronme la mala voluntad de algún dios y el exceso de vino. Habiéndome acostado en la mansión de Circe, no pensé en volver atrás, a fin de bajar por la larga escalera, y caà desde el techo; se me rompieron las vértebras del cuello, y mi alma descendió a la mansión de Hades. Ahora te suplico en nombre de los que se quedaron en tu casa y no están presentes —de tu esposa, de tu padre, que te crió cuando eras niño, y de Telémaco el único vástago que dejaste en el palacio—: sé que, partiendo de acá de la morada de Hades, detendrás la bien construida nave en la isla Eea: pues yo te ruego, oh rey, que al llegar te acuerdes de mÃ. No te vayas, dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle a fin de que no excite contra ti la cólera de los dioses; por el contrario, quema mi cadáver con las armas de que me servÃa y erÃgeme un túmulo en la ribera del espumoso mar para que de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros. Hazlo asà y clava en el túmulo aquel remo con que, estando vivo, bogaba yo con mis compañeros.
79 Tales fueron sus palabras; y le respondà diciendo: —Todo te lo haré, oh infeliz, todo te lo llevaré a cumplimiento.