La Odisea
La Odisea 81 De tal suerte, sentados ambos, nos decíamos estas tristes razones: yo tenía la espada levantada sobre la sangre; y mi compañero desde la parte opuesta, hablaba largamente.
84 Vino luego el alma de mi difunta madre Anticlea, hija del magnánimo Autólico: a la cual había dejado viva cuando partí para la sagrada Ilión. Lloré al verla, compadeciéndola en mi corazón mas con todo eso, a pesar de sentirme muy afligido, no permití que se acercara a la sangre antes de interrogar a Tiresias.
90 Vino después el alma de Tiresias, el tebano, que empuñaba áureo cetro. Conocióme, y me habló de esta manera:
92 —¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! ¿Por qué, oh infeliz, has dejado la luz del sol y vienes a ver a los muertos y esta región desapacible? Apártate del hoyo y retira la aguda espada, para que, bebiendo sangre, te revele la verdad de lo que quieras.
97 Así dijo. Me aparté y metí la espada en la vaina guarnecida de argénteos clavos. El eximio vate bebió la negra sangre y hablóme al punto con estas palabras: