La Odisea
La Odisea 576 Vi también a Titio, el hijo de la augusta Tierra, echado en el suelo, donde ocupaba nueve yugadas. Dos buitres, uno de cada lado, le roÃan el hÃgado, penetrando con el pico en sus entrañas, sin que pudiera rechazarlos con las manos; porque intentó hacer fuerza a Leto, la gloriosa consorte de Zeus, que se encaminaba a Pito por entre la amena Panopeo.
582 Vi asimismo a Tántalo, el cual padecÃa crueles tormentos, de pie en un lago cuya agua le llegaba a la barba. TenÃa sed y no conseguÃa tomar el agua y beber: cuantas veces se bajaba el anciano con la intención de beber, otras tantas desaparecÃa el agua absorbida por la tierra; la cual se mostraba negruzca en torno a sus pies y un dios la secaba. Encima de él colgaban las frutas de altos árboles —perales, manzanos de espléndidas pomas, higueras y verdes olivos—; y cuando el viejo levantaba los brazos para cogerlas, el viento se las llevaba a las sombrÃas nubes.
593 Vi de igual modo a CÃsifo, el cual padecÃa duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejeaba con los pies y las manos e iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa derrocaba la insolente piedra, que caÃa rodando a la llanura. Tornaba entonces a empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corrÃa de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza.