La Odisea
La Odisea 440 Asà le hablé; y en seguida me respondió: —Por tanto jamás seas benévolo con tu mujer ni le descubras todo lo que pienses; antes bien, particÃpale unas cosas y ocúltale otras. Mas a ti, ¡oh Odiseo!, no te vendrá la muerte por culpa de tu mujer, porque la prudente Penelopea, hija de Icario, es muy sensata y sus intentos son razonables. La dejamos recién casada al partir para la guerra y daba el pecho a su hijo, infante todavÃa; el cual debe de contarse ahora, feliz y dichoso, en el número de los hombres. Y su padre, volviendo a la patria, le verá, y él abrazará a su padre, como es justo. Pero mi esposa no dejó que me saciara contemplando con estos ojos al mÃo, ya que me mató antes. Otra cosa voy a decir que pondrás en tu corazón: al tomar puerto en la patria tierra, hazlo ocultamente y no a la descubierta, pues ya no hay que fiar en las mujeres.
457 Mas ea, habla y dime sinceramente si oÃste que mi hijo vive en Orcómeno, o en la arenosa Pilos o quizás con Menelao en la extensa Esparta, pues el divinal Orestes aun no ha desaparecido de la tierra.
462 De esta suerte habló; y le respondà diciendo: —¡Oh, Atrida! ¿Por qué me haces esa pregunta? Ignoro si aquél vive o ha muerto, y es malo hablar inútilmente.