La Odisea
La Odisea 359 Terminada la plegaria, degollaron y desollaron las reses; luego cortaron los muslos, los pringaron con gordura por uno y otro lado y los cubrieron de trozos de carne; y como carecían de vino que pudiesen verter en el fuego sacro, hicieron libaciones con agua mientras asaban los intestinos.
364 Quemados los muslos, probaron las entrañas; y dividiendo lo restante en pedazos muy pequeños, lo espetaron en los asadores.
366 Entonces huyó de mis párpados el dulce sueño y emprendí el regreso a la velera nave y a la orilla del mar. Al acercarme al corvo bajel, llegó hasta mí el suave olor de la grasa quemada y, dando un suspiro, clamé de este modo a los inmortales dioses:
371 —¡Padre Zeus, bienaventurados y sempiternos dioses! Para mi daño, sin duda, me adormecisteis con el cruel sueño, y mientras tanto los compañeros, quedándose aquí, han consumado un gran delito.
374 Lampetia, la del ancho peplo, fue como mensajera veloz a decirle a Helios, hijo de Hiperión, que habíamos dado muerte a sus vacas.
376 Inmediatamente Helios, con el corazón airado, habló de esta guisa a los inmortales: