La Odisea

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420 Seguí andando por la nave, hasta que el ímpetu del mar separó a los flancos de la quilla, la cual flotó sola en el agua; y el mástil se rompió en su unión con ella. Sobre el mástil hallábase una soga hecha de cuero de buey; até con ella mástil y quilla y, sentándome en ambos, dejéme llevar por los perniciosos vientos.

426 Pronto cesó el soplo violento del Céfiro, que causaba la tempestad, y de repente sobrevino el Noto, el cual me afligió el ánimo con llevarme de nuevo hacia la perniciosa Caribdis. Toda la noche anduve a merced de las olas, y al salir el sol llegué al escollo de Escila y a la horrenda Caribdis, que estaba sorbiendo la salobre agua del mar; pero yo me lancé al alto cabrahigo y me agarré como un murciélago, sin que pudiera afirmar los pies en parte alguna ni tampoco encaramarme en el árbol, porque estaban lejos las raíces y a gran altura los largos y gruesos ramos que daban sombra a Caribdis.

437 Me mantuve, pues, reciamente asido, esperando que Caribdis devolviera el mástil y la quilla; y éstos aparecieron por fin, cumpliéndose mi deseo. A la hora en que el juez se levanta en el ágora, después de haber fallado muchas causas de jóvenes litigantes, dejáronse ver los maderos fuera ya de Caribdis. Soltéme de pies y manos y caí con gran estrépito en medio del agua, junto a los larguísimos maderos; y, sentándome encima, me puse a remar con los brazos. Y no permitió el padre de los hombres y de los dioses que Escila me viese, pues no me hubiera librado de una terrible muerte.


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