La Odisea
La Odisea 159 Apenas lo oyó Poseidón, que sacude la tierra, fuese a Esqueria, donde viven los feacios, y allí se detuvo. La nave, surcadora del ponto, se acercó con rápido impulso, y el que sacude la tierra, saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y de un puñetazo hizo que echara raíces en el suelo, después de lo cual fuése a otra parte.
165 Mientras tanto los feacios, que usan largos remos y son ilustres navegantes, hablaban entre si con aladas palabras. Y uno de ellos se expresó de esta suerte, dirigiéndose a su vecino:
168 —¡Ay! ¿Quién encadenó en el ponto la velera nave que tornaba a la patria y ya se descubría toda?
170 Así alguien decía, pues ignoraba lo que había pasado. Entonces Alcínoo les arengó de esta manera:
172 —¡Oh dioses! Cumpliéronse las antiguas predicciones de mi padre, el cual solía decir que Poseidón nos miraba con malos ojos porque conducíamos sin recibir daño a todos los hombres; y aseguraba que el dios haría naufragar en el obscuro ponto una hermosísima nave de los feacios, al volver de llevar a alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran montaña. Así lo afirmaba el anciano, y ahora todo se va cumpliendo. Ea, hagamos lo que voy a decir. Absteneos de conducir los mortales que lleguen a nuestra población y sacrifiquemos doce toros escogidos a Poseidón, para ver si se apiada de nosotros y no nos cubre la vista de la ciudad con la enorme montaña.