La Odisea

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312 —Difícil es, oh diosa, que un mortal, al encontrarse contigo, logre conocerte, aunque fuere muy sabio, porque tomas la figura que te place. Bien sé que me fuiste propicia mientras los aqueos peleamos en Troya; pero después que arruinamos la excelsa ciudad de Príamo, partimos en las naves y un dios dispersó a los aqueos, nunca te he visto, oh hija de Zeus, ni he advertido que subieras a mi bajel para ahorrarme ningún pesar. Por el contrario, anduve errante constantemente, teniendo en mi pecho el corazón atravesado de dolor, hasta que los dioses me libraron del infortunio; y tú, en el rico pueblo de los feacios, me confortaste con tus palabras y me condujiste a la población. Ahora por tu padre te lo suplico —pues no creo haber arribado a Ítaca, que se ve desde lejos, sino que estoy en otra tierra y que hablas de burlas para engañarme— dime si en verdad he llegado a mi querida tierra.

329 Contestóle Atenea, la deidad de ojos de lechuza.






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