La Odisea
La Odisea 356 —¡Ninfas náyades, hijas de Zeus! Ya me figuraba que no os verÃa más. Ahora os saludo con tiernos votos y os haremos ofrendas, como antes, si la hija de Zeus, la que impera en las batallas, permite benévola que yo viva y vea crecer a mi hijo.
361 DÃjole entonces Atenea, la deidad de ojos de lechuza:
362 —Cobra ánimo y eso no te dé cuidado. Pero metamos ahora mismo las riquezas en lo más hondo del divino antro a fin de que las tengas seguras, y deliberemos para que todo se haga de la mejor manera.
366 Cuando asà hubo hablado, penetró la diosa en la sombrÃa cueva y fue en busca de los escondrijos; y Odiseo se fue llevando todas las cosas —el oro, el duro bronce y las vestiduras bien hechas— que le habÃan regalado los feacios.
370 Asà que estuvieron colocadas del modo más conveniente, Atenea, hija de Zeus que lleva la égida, cerró la entrada con una piedra.
372 Sentáronse después en las raÃces del sagrado olivo y deliberaron acerca del exterminio de los orgullosos pretendientes. Atenea, la deidad de ojos de lechuza, fue quien rompió el silencio pronunciando estas palabras: