La Odisea
La Odisea 393 —Te asistiré ciertamente, sin que me pases inadvertido cuando en tales cosas nos ocupemos y creo que alguno de los pretendientes que te devoran tus bienes manchará con su sangre y sus sesos el extensÃsimo pavimento. Mas, ea, voy a hacerte incognoscible para todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis de tus ágiles miembros, raeré de tu cabeza los blondos cabellos, te pondré unos andrajos que causen horror al que te vea y haré sarnosos tus ojos, antes tan lindos, para que les parezcas despreciable a todos los pretendientes y a la esposa y al hijo que dejaste en tu palacio. Llégate primero al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora a tu hijo y a la prudente Penelopea. Lo hallarás sentado entre los puercos, los cuales pacen junto a la roca del Cuervo, en la fuente de Aretusa, comiendo abundantes bellotas y bebiendo aguas turbias, cosas ambas que hacen crecer en ellos la floreciente grosura. Quédate allà de asiento e interrógale sobre cuanto deseares mientras yo voy a Esparta, la de hermosas mujeres, y llamo a Telémaco, tu hijo, oh Odiseo, que se fue junto a Menelao en la vasta Lacedemonia, para saber por la fama si aún estabas vivo en alguna parte.
416 Respondióle el ingenioso Odiseo:
417 —¿Y por qué no se lo dijiste, ya que tu mente todo lo sabÃa? ¿Acaso para que también pase trabajos, vagando por el estéril ponto, y los demás se le coman los bienes?