La Odisea

La Odisea

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100 Doce vacadas hay en el continente; y otros tantos ganados de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, y otras tantas copiosas manadas de cabras apacientan allá sus pastores y gente asalariada. Aquí pacen once hatos numerosos de cabras en la extremidad del campo, y los vigilan buenos pastores, cada uno de los cuales lleva todos los días a los pretendientes una res, aquella de las bien nutridas cabras que le parece mejor. Y yo guardo y protejo estas marranas y, separando siempre el mejor de los puercos, se lo envío también.

109 Así habló. Odiseo, sin desplegar los labios, devoraba aprisa la vianda y bebía vino con avidez, maquinando males contra los pretendientes. Después que hubo cenado y repuesto el ánimo con la comida, diole Eumeo la copa que usaba para beber, llena de vino. Aceptóla el héroe y, alegrándose en su corazón pronunció estas aladas palabras:

115 —¡Oh amigo! ¿Quién fue el que te compró con sus bienes y era tan opulento y poderoso, según cuentas? Decías que pereció por causa de la honra de Agamenón. Nómbramelo por si acaso en alguna parte hubiese conocido a tal hombre. Zeus y los dioses inmortales saben si lo he visto y podré darte alguna nueva, pues anduve perdido por mucho pueblos.

121 Respondióle el porquerizo mayoral de los pastores:


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