La Odisea

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122 —¡Oh viejo! A ningún vagabundo que llegue con noticias de mi amo, le darán crédito ni la mujer de éste ni su hijo; pues los que van errantes y necesitan socorro mienten sin reparo y se niegan a hablar sinceramente. Todo aquel que, peregrinando, llega al pueblo de Ítaca, va a referirle patrañas a mi ama; y ésta le acoge amistosamente, le hace preguntas sobre cada punto, y al momento solloza y destila lágrimas de sus párpados, como es costumbre de la mujer cuyo marido ha muerto en otra tierra. Tú mismo, oh anciano, inventarías muy pronto cualquier relación, si te diesen un manto y una túnica con que vestirte. Mas ya los perros y las veloces aves han debido separarle la piel de los huesos, y el alma le habrá dejado; o quizás los peces lo devoraron en el ponto y sus huesos yacen en la playa, dentro de un gran montón de arena. De tal suerte murió aquél y nos ha dejado pesares a todos sus amigos y especialmente a mí, que ya no hallaré un amo tan benévolo en ningún lugar a que me encamine, ni aun si me fuere a la casa de mi padre y de mi madre donde nací y ellos me criaron. Y lloro no tanto por ellos, aunque deseara verlos con mis ojos en la patria tierra, como porque me aqueja el deseo del ausente Odiseo; a quien, oh huésped, temo nombrar, no hallándose acá, pues me amaba mucho y se interesaba por mi en su corazón, y yo le llamo hermano del alma por mas que esté lejos.

148 Díjole entonces el paciente divinal Odiseo:


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