La Odisea

La Odisea

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508 —¡Oh viejo! El relato que acabas de hacer es irreprensible, y nada has dicho que sea inútil o inconveniente: por esto no carecerás ni de vestido ni de cosa alguna que deba obtener el infeliz suplicante que nos sale al encuentro; mas, apenas amanezca, tornarás a sacudir tus andrajos, pues aquí no tenemos mantos y túnicas para mudarnos, sino que cada cual lleva puestos los suyos. Y cuando venga el caro hijo de Odiseo, te dará un manto y una túnica para vestirte y te conducirá adonde tu corazón y tu ánimo deseen.

518 Dichas estas palabras, se levantó, puso cerca del fuego una cama para el huésped y la llenó de pieles de oveja y de cabras. Odiseo se tendió en ella y Eumeo echóle un manto muy tupido y ancho que guardaba para mudarse siempre que alguna recia tempestad le sobrecogía.

523 De este modo se acostó Odiseo y cerca de él los jóvenes pastores; mas al porquerizo no le plugo tener allí su cama y dormir apartado de los puercos; sino que se armó y se dispuso a salir, y holgóse Odiseo al ver con qué solicitud le cuidaba los bienes durante su ausencia. Eumeo empezó colgando de sus robustos hombros la aguda espada; vistióse después un manto muy grueso, reparo contra el viento; tomó en seguida la piel de una cabra grande y bien nutrida; y finalmente, asió un agudo dardo para defenderse de los canes y de los hombres. Y se fue a acostar en la concavidad de una elevada peña, donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del Bóreas.


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