La Odisea
La Odisea 361 —¡Ah, el mas afortunado de los huéspedes! Me has conmovido hondamente el ánimo al relatarme tan en particular cuanto padeciste y cuanto erraste de una parte a otra. Pero no me parece que hayas hablado como debieras en lo referente a Odiseo, ni me convencerás con tus palabras. ¿Qué es lo que te obliga, siendo cual eres, a mentir inútilmente? Sé muy bien a qué atenerme en orden a la vuelta de mi señor, el cual debió de serles muy odioso a todas las deidades cuando éstas no quisieron que acabara sus días entre los teucros, ni en brazos de sus amigos después que terminó la guerra; pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo y hubiera alcanzado para su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías. Mas yo vivo apartado, junto a los puercos, y sólo voy a la ciudad cuando la prudente Penelopea me llama porque le traen de alguna parte cualquier noticia: sentados los de allá junto al recién venido, hácenle toda suerte de preguntas, así los que se entristecen por la prolongada ausencia del rey, como los que de ella se regocijan porque devoran impunemente sus bienes; pero a mí no me place escudriñar ni preguntar cosa alguna desde que me engañó con sus palabras un hombre etolo, el cual, habiendo vagado por muchas regiones a causa de un homicidio, llegó a mi morada y le traté afectuosamente. Aseguró que había visto a Odiseo en Creta, junto a Idomeneo, donde reparaba el daño que en sus embarcaciones habían causado las tempestades; y dijo que llegaría hacia el verano o el otoño con muchas riquezas, y juntamente con los compañeros iguales a los dioses. Y tú, oh viejo que tantos males padeciste, ya que un dios te ha traído a mi casa, no quieras congraciarte y halagarme con embustes; que no te respetaré ni te querré por eso, sino por el temor de Zeus hospitalario y por la compasión que me das.