La Odisea

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390 Respondióle el ingenioso Odiseo:

391 —Muy incrédulo es, en verdad, el ánimo que en tu pecho se entierra, cuando ni con el juramento he podido lograr que de mí te fiases y creyeses cuanto te dije. Mas, ea, hagamos un convenio y por cima de nosotros sean testigos los dioses, que en el Olimpo tienen su morada. Si tu señor volviere a esta casa, me darás un manto y una túnica para vestirme y me enviarás a Duliquio, que es el lugar adonde a mi ánimo le place ir; y si no volviere como te he dicho, incita contra mí a tus criados, y arrójame de elevada peña, a fin de que los demás pordioseros se abstengan de engañarte.

401 Respondióle el divinal porquerizo:

402 —¡Oh huésped! Buena fama y opinión de virtud ganara entre los hombres ahora y en lo sucesivo, si, después de traerte a mi cabaña y de presentarte los dones de la hospitalidad, te fuera a matar, privándote de la vida. ¡Con qué disposición rogaría a Zeus Cronión! Pero ya es hora de cenar: ojalá viniesen pronto los compañeros, para que aparejáramos dentro de la cabaña una agradable cena.

409 Así éstos conversaban. Entre tanto acercáronse los puercos con sus pastores, quienes encerraron las marranas en las pocilgas, para que durmiesen, y un gruñido inmenso se dejó oír mientras los puercos se acomodaban en los establos. Entonces el divinal porquerizo dio esta orden a sus compañeros:


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