La Odisea
La Odisea 87 —¡Atrida Menelao, alumno de Zeus, príncipe de hombres! Quiero restituirme pronto a mis hogares, pues a nadie dejé encomendada la custodia de los bienes: no sea que mientras busco a mi padre igual a los dioses, muera yo o pierda alguna excelente y preciosa alhaja que se lleven del palacio.
92 Al oír esto, Menelao, valiente en la pelea, mandó en seguida a su esposa y a las esclavas que preparasen la comida en el palacio, con las abundantes provisiones que en él se guardaban. Llegó entonces Eteoneo Beoctoída, que se acababa de levantar, pues no vivía muy lejos; y, habiéndole ordenado Menelao, valiente en la batalla, que encendiera fuego y asara las carnes, obedeció acto continuo.
99 Menelao bajó entonces a una estancia perfumada; sin que fuera solo, pues le acompañaron Helena y Megapentes. En llegando adonde estaban los objetos preciosos, el Atrida tomó una copa de doble asa y mandó a su hijo Megapentes que se llevase una cratera de plata y Helena se detuvo junto a las arcas en que se hallaban los peplos de muchas bordaduras, que ella en persona había labrado. La propia Helena, la divina entre las mujeres, escogió y se llevó el peplo mayor y más hermoso por sus bordados, que resplandecía como una estrella y estaba debajo de los otros. Y anduvieron otra vez por el palacio hasta juntarse con Telémaco, a quien el rubio Menelao habló de esta manera: