La Odisea
La Odisea 180 —¡Asà lo haga Zeus, el tonante esposo de Hera; y allá te invocaré todos los dÃas, como a una diosa!
182 Dijo, y arreó con el azote a los corceles. Estos, que eran muy fogosos, arrancaron al punto hacia el campo, por entre la ciudad, y en todo el dÃa no cesaron de agitar el yugo.
185 PonÃase el sol y las tinieblas empezaron a ocupar los caminos cuando llegaron a Feras, a la morada de Diocles, hijo de OrsÃloco, a quien habÃa engendrado Alfeo. Allà durmieron aquella noche, pues Diocles les dio hospitalidad.
189 Mas, asà que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, engancharon los corceles, subieron al labrado carro y guiáronlo por el vestÃbulo y el pórtico sonoro.
192 PisÃstrato avivó con el látigo a los corceles para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Prestamente llegaron a la excelsa ciudad de Pilos, y entonces Telémaco habló de esta suerte al hijo de Néstor: