La Odisea
La Odisea 195 —¡Nestórida! ¿Cómo llevarías a efecto, conforme prometiste, lo que te voy a decir? Nos gloriamos de ser para siempre y recíprocamente huéspedes el uno del otro, por la amistad de nuestros padres; tenemos la misma edad, y este viaje habrá acrecentado aún más la concordia entre nosotros. Pues no me lleves, oh alumno de Zeus, más adelante de donde está mi bajel; déjame aquí, en este sitio: no sea que el anciano me detenga en su casa, contra mi voluntad, por el deseo de tratarme amistosamente; y a mi me conviene llegar allá lo antes posible.
202 Así dijo. El Nestórida pensó en su alma cómo llevaría a cabo, de una manera conveniente, lo que había prometido.
204 Y considerándolo bien, le pareció que lo mejor sería lo siguiente: dio la vuelta a los caballos hacia donde estaba la veloz nave en la orilla del mar; tomó del carro los hermosos presentes —los vestidos y el oro— que les había entregado Menelao, y los dejó en la popa del barco; y, exhortando a Telémaco, le dijo estas aladas palabras: