La Odisea
La Odisea 486 —¡Eumeo! Has conmovido hondamente mi corazón al contarme por menudo los males que padeciste. Mas Zeus te ha puesto cerca del mal un bien, ya que, aunque a costa de muchos trabajos, llegaste a la morada de un hombre benévolo que te da solícitamente de comer y de beber, y disfrutas de buena vida; mientras que yo tan sólo he podido llegar aquí después de peregrinar por gran número de ciudades.
493 Así éstos conversaban. Echáronse después a dormir, mas no fue por mucho tiempo, que en seguida llegó la Aurora de hermoso trono.
495 Los compañeros de Telémaco, cuando ya la nave se acercó a la tierra, amainaron las velas, abatieron rápidamente el mástil, y llevaron el buque, a fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron a la playa y aparejaron la comida, mezclando el negro vino.
501 Y así que hubieron satisfecho el apetito de beber y de comer, el prudente Telémaco empezó a decirles:
503 —Llevad ahora al negro bajel a la ciudad: pues yo me iré hacia el camino y los pastores; y al caer de la tarde, cuando haya visto mis tierras, bajaré a la población. Y mañana os daré, por premio de este viaje, un buen convite de carnes y dulce vino.
508 Díjole entonces Teoclímeno, semejante a un dios: