La Odisea
La Odisea 287 Telémaco, exhortando a sus compañeros, les mandó que aparejasen la jarcia, y obedeciéronle todos diligentemente. Izaron el mástil de abeto, lo metieron en el travesaño, lo ataron con sogas, y acto continuo extendieron la blanca vela con correas bien torcidas. Atenea la de ojos de lechuza, envióles próspero viento, que soplaba impetuoso por el aire, a fin de que el navío corriera y atravesara lo más pronto posible la salobre agua del mar. Así pasaron por delante de Crunos y del Calcis, de hermoso raudal.
296 Púsose el sol, y las tinieblas ocuparon todos los caminos. La nave, impulsada por el favorable viento de Zeus, se acercó a Feas y pasó a lo largo de la divina Elide, donde ejercen su dominio los epeos. Y desde allá Telémaco puso la proa hacia las islas Agudas, con gran cuidado de si se libraría de la muerte o caería preso.
301 Mientras tanto Odiseo y el divinal porquerizo cenaban en la cabaña y junto con ellos los demás hombres. Y apenas satisfacieron el apetito de comer y de beber, Odiseo —probando si el porquerizo aún le trataría con amistosa solicitud, mandándole que se quedara allí en el establo, o le incitaría a que ya se fuese a la ciudad— les habló de esta manera: