La Odisea

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364 —¡Oh dioses! ¡Cómo las deidades libraron del mar a ese hombre! Durante el día los atalayas estaban sentados en las ventosas cumbres, sucediéndose sin interrupción; después de ponerse el sol, jamás pasamos la noche en tierra firme pues, yendo por el ponto en la velera nave hasta la aparición de la divinal la Aurora, acechábamos la llegada de Telémaco para aprisionarle y acabar con él; y en tanto lo condujo a su casa alguna deidad. Mas, tramemos algo ahora mismo para que le podamos dar deplorable muerte, no sea que se nos escape; pues se me figura que mientras viva no se llevarán a cumplimiento nuestros intentos, ya que él sobresale por su consejo e inteligencia y nosotros no nos hemos congraciado totalmente con el pueblo. Ea, antes que Telémaco reúna a los aqueos en el ágora —y opino que no dejará de hacerlo, sino que guardará su cólera y, levantándose en medio de todos, les participará que tramamos contra él una muerte terrible, sin que lográramos alcanzarle; y los demás, en oyéndolo, no han de alabar estas malas acciones y quizás nos causen algún daño y nos echen de nuestra tierra, y tengamos que irnos a otro país—, prevengámosle con darle muerte en el campo, lejos de la ciudad, o en el camino; apoderémonos de sus bienes y heredades a fin de repartírnoslos equitativamente; y entreguemos el palacio a su madre y a quien la despose, para que en común lo posean.


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