La Odisea
La Odisea 435 —¡Hija de Icario! ¡Discreta Penelopea! Cobra ánimo y no te apures por tales cosas. No hay hombre, ni lo habrá, ni nacerá siquiera, que ponga sus manos en tu hijo Telémaco mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra. Lo que voy a decir llevaráse al cabo: presto su negruzca sangre correrÃa en torno de mi lanza. Muchas veces Odiseo, el asolador de ciudades, tomándome sobre sus rodillas, me puso en la mano carne asada y me dio a beber rojo vino: por esto Telémaco me es caro sobre todos los hombres y le exhorto a no temer la muerte que pueda venirle de los pretendientes; que la enviada por los dioses es inevitable.
448 Asà le habló para tranquilizarla; pero también maquinaba la muerte de Telémaco. Y Penelopea se fue nuevamente a la espléndida habitación superior, donde lloró a Odiseo, su querido esposo, hasta que Atenea, la de ojos de lechuza, le difundió en los párpados el dulce sueño.
452 Al caer de la tarde, el divinal porquerizo volvió junto a Odiseo y a su hijo, los cuales habÃan sacrificado un puerco añal y aparejaban la cena. Entonces se les acercó Atenea y, tocando con su vara a Odiseo LaertÃada, lo convirtió otra vez en anciano y le cubrió el cuerpo con miserables vestiduras: no fuera que el porquerizo, al verle cara a cara, lo reconociese y en vez de guardar la noticia en su pecho, partiera para anunciársela a la discreta Penelopea.