La Odisea
La Odisea 197 Dijo, y echóse al hombro el astroso zurrón lleno de agujeros, con su correa retorcida. Eumeo le entregó el palo que deseaba; y seguidamente emprendieron el camino. Quedáronse allÃ, custodiando la majada, los perros y los pastores mientras Eumeo conducÃa hacia la ciudad a su rey, transformado en viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón y llevaba el cuerpo entrapado con feas vestiduras.
204 Mas cuando, recorriendo el áspero camino, halláronse a poca distancia de la ciudad y llegaron a la labrada fuente de claras linfas de la cual tomaban el agua los ciudadanos —era obra de Itaco, Nérito y PolÃctor; rodeábala por todos lados un bosque de álamos, que se nutren en la humedad; vertÃa el agua, sumamente fresca, desde lo alto de una roca; y en su parte superior se habÃa construido un altar a las ninfas, donde todos los caminantes sacrificaban—, encontróse con ellos el hijo de Dolio, Melantio, que llevaba las mejores cabras de sus rebaños para la cena de los pretendientes, y le seguÃan dos pastores. Asà que los vio, increpóles con palabras amenazadoras y groseras, que conmovieron el corazón de Odiseo: