La Odisea
La Odisea 468 —OÃdme, pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo que en el pecho el ánimo me ordena deciros. Ningún varón siente dolor en el alma ni pesar alguno al ser herido cuando pelea por sus haciendas, por sus bueyes o por sus blancas ovejas; mas AntÃnoo hirióme a mà por causa del odioso y funesto vientre, que tantos males acarrea a los hombres. Si en alguna parte hay dioses y Erinies para los mendigos, cójale la muerte a AntÃnoo antes que el casamiento se lleve a término.
477 DÃjole nuevamente AntÃnoo, hijo de Eupites:
478 —Come sentado tranquilamente, oh forastero, o vete a otro lugar: no sea que con motivo de lo que hablas, estos jóvenes te arrastren por la casa, asiéndote de un pie o de una mano, y te laceren todo el cuerpo.
481 Asà dijo. Todos sintieron vehemente indignación y alguno de aquellos soberbios mozos habló de esta manera:
483 —¡AntÃnoo! No procediste bien, hiriendo al infeliz vagabundo. ¡Insensato! ¿Y si por acaso fuese alguna celestial deidad? Que los dioses, haciéndose semejantes a huéspedes de otros paÃses y tomando toda clase de figuras, recorren las ciudades para conocer la insolencia o la justicia de los hombres.