La Odisea
La Odisea 488 Así hablaban los pretendientes, pero Antínoo no hizo caso de sus palabras. Telémaco sintió en su pecho una gran pena por aquel golpe, sin que por esto le cayese ninguna lágrima desde los ojos al suelo; pero meneó en silencio la cabeza, agitando en lo íntimo de su pecho siniestros ardides.
492 Cuando la discreta Penelopea oyó decir que al huésped lo había herido Antínoo en la sala, habló así en medio de sus esclavas:
494 —¡Ojalá Apolo, célebre por su arco, te hiriese a ti de la misma manera!
495 Díjole entonces Eurínome, la despensera:
496 —Si nuestros votos se cumpliesen, ninguno de aquellos viviría cuando llegue la Aurora de hermoso trono.
498 Respondióle la discreta Penelopea:
499 —¡Ama! Todos son aborrecibles porque traman acciones inicuas; pero Antínoo casi tanto como la negra Parca. Un infeliz forastero anda por el palacio y pide limosna, pues la necesidad le apremia; los demás le llenaron el zurrón con sus dádivas, y éste le ha tirado el escabel, acertándole en el hombro derecho.
505 Así habló, sentada en su estancia entre las siervas, mientras el divinal Odiseo cenaba. Y luego, habiendo llamado al divinal porquero, le dijo: