La Odisea
La Odisea 15 —¡Infeliz! Ningún daño te causo, ni de palabra ni de obra; ni me opongo a que te den, aunque sea mucho. En este umbral hay sitio para entrambos y no has de envidiar las cosas de otro; me parece que eres un guitón como yo y son las deidades quienes envÃan la opulencia. Pero no me provoques demasiado a venir a las manos, ni excites mi cólera: no sea que, viejo como soy, te llene de sangre el pecho y los labios; y asà gozarÃa mañana de mayor descanso, pues no creo que asegundaras la vuelta a la mansión de Odiseo LaertÃada.
25 Contestóle, muy enojado, el vagabundo Iro:
26 —¡Oh, dioses! ¡Cuán atropelladamente habla el glotón, que parece la vejezuela del horno! Algunas cosas malas pudiera tramar contra él: golpeándole con mis brazos, le echarÃa todos los dientes de las mandÃbulas al suelo como a una marrana que destruye las mieses. CÃñete ahora, a fin de que éstos nos juzguen en el combate. Pero ¿cómo podrás luchar con un hombre más joven?
32 De tal modo se zaherÃan ambos con gran enojo en el pulimentado umbral, delante de las elevadas puertas. Advirtiólo la sacra potestad de AntÃnoo y con dulce risa dijo a los pretendientes:
36 —¡Amigos! Jamás hubo una diversión como la que un dios nos ha traÃdo a esta casa. El forastero e Iro riñen y están por venirse a las manos; hagamos que peleen cuanto antes.