La Odisea
La Odisea 366 —¡EurÃmaco! Si nosotros hubiéramos de competir sobre el trabajo de la siega en la estación vernal, cuando los dÃas son más largos, y yo tuviese una bien corvada hoz y tu otra tal para probarnos en la faena, y nos quedáramos en ayunas hasta el anochecer, y la hierba no faltara; o si conviniera guiar unos magnÃficos bueyes de luciente pelaje, grandes, hartos de hierba, parejos en la edad, de una carga, cuyo vigor no fuera menguado, para la labranza de un campo de cuatro jornales y de tan buen tempero que los terrones cediesen al arado: verÃasme rompiendo un no interrumpido surco. Y de igual modo, si el Cronión suscitara hoy una guerra en cualquier parte y yo tuviese un escudo, dos lanzas y un casco de bronce que se adaptara a mis sienes, verÃasme mezclado con los que mejor y más adelante lucharan, y ya no me increparÃas por mi vientre como ahora. Pero tú te portas con gran insolencia, tienes ánimo cruel y quizás presumas de grande y fuerte, porque estás entre pocos y no de los mejores. Si Odiseo tornara y volviera a su patria, estas puertas tan anchas te serÃan angostas cuando salieses huyendo por el zaguán.
387 Asà habló. Irritóse EurÃmaco todavÃa más en su corazón y encarándole la torva vista, le dijo estas aladas palabras: