La Odisea
La Odisea 389 —¡Ah, miserable! Pronto he de imponerte el castigo que mereces por la audacia con que hablas ante tantos varones y sin que tu ánimo se turbe: o el vino te trastornó el seso, o tienes este natural, y tal es la causa de que digas necedades. ¿Te desvanece acaso la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro?
394 En acabando de hablar, cogió un escabel; pero, como Odiseo, temiéndole, se sentara en las rodillas del duliquiense AnfÃnomo, acertó al copero en la mano derecha; el jarro de éste cayó a tierra con gran estrépito, y él fue a dar, gritando, de espaldas en el polvo. Los pretendientes movÃan alboroto en la obscura sala, y uno de ellos dijo al que tenÃa mas cerca:
401 —Ojalá acabara sus dÃas el forastero, vagando por otros lugares antes que viniese; y asà no hubiera originado este gran tumulto. Ahora disputamos por los mendigos; y ni en el banquete se hallará placer alguno porque prevalece lo peor.
405 Y el esforzado y divinal Telémaco les habló diciendo:
406 —¡Desgraciados! Os volvéis locos y vuestro ánimo ya no puede disimular los efectos de la comida y del vino: algún dios os excita sin duda. Mas, ya que comisteis bien, vaya cada cual a recogerse a su casa, cuando el ánimo se lo aconseje; que yo no pienso echar a nadie.