La Odisea
La Odisea 91 —¡Atrevida! ¡Perra desvergonzada! No se me oculta en lo más mÃnimo la mala acción que está cometiendo y que pagarás con tu cabeza. Muy bien te constaba, por haberlo oÃdo de mi boca, que he de preguntar al forastero en esta sala acerca de mi esposo; pues me hallo sumamente afligida.
96 Dijo; y acto continuo dirigió estas palabras a EurÃnome, la despensera:
97 —¡EurÃnome! Trae una silla y cúbrela con una pelleja, a fin de que se acomode el forastero, y hable y me escuche, que deseo interrogarle.
100 Asà habló. Con gran diligencia trajo EurÃnome una pulimentada silla, la cubrió con una pelleja, y en ella tomó asiento el paciente divinal Odiseo. Entonces rompió el silencio la discreta Penelopea, hablando de esta suerte:
104 —¡Forastero! Ante todas cosas quiero hacerte yo misma estas preguntas: ¿Quién eres y de qué paÃs procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?
106 Respondióle el ingenioso Odiseo: